La
declaratoria de “conflicto armado interno” en Ecuador, impulsada en enero de
2024, ha sido presentada como una respuesta decisiva frente al incremento de la
violencia criminal. En apariencia, esta medida busca restablecer el orden
mediante la intervención de las Fuerzas Armadas y la adopción de una lógica de
combate contra el crimen organizado. No obstante, un examen más detenido
permite advertir que los resultados en materia de seguridad no han sido los
esperados. Lejos de disminuir, los índices de violencia continúan en ascenso,
lo que cuestiona la eficacia de la estrategia implementada.
Ahora
bien, limitar el análisis a esta dimensión conduce a una lectura incompleta.
Más allá de su rendimiento operativo, la “guerra interna” ha generado efectos
políticos significativos que evidencian otra racionalidad en juego. En lugar de
interpretarla únicamente como una política fallida, resulta más pertinente
entenderla como un dispositivo que reorganiza el poder y redefine las
condiciones de gobernabilidad. En otras palabras, su importancia no radica
tanto en lo que promete hacer, sino en lo que efectivamente permite hacer.
Desde
esta perspectiva, la noción de “estado de guerra” adquiere centralidad. Este
concepto alude a una forma de ejercicio del poder en la que el discurso bélico
se convierte en el eje articulador de la acción estatal. Así, la política deja
de estructurarse en torno a deliberaciones ordinarias y pasa a regirse por una
lógica de excepcionalidad permanente. Bajo este marco, la existencia de un
enemigo interno no solo justifica el uso de la fuerza, sino que también
habilita la suspensión práctica de ciertos límites institucionales. En este
contexto, la guerra cumple una función simbólica decisiva. Por un lado, produce
una sensación de amenaza constante que reconfigura la percepción social del
riesgo. Por otro, amplía el margen de tolerancia ciudadana frente a medidas
que, en circunstancias normales, generarían resistencia. Reformas económicas,
cambios legales y concentraciones de poder pueden implementarse con mayor
facilidad cuando se inscriben dentro de un relato de urgencia nacional. De este
modo, la seguridad se transforma en un argumento legitimador que encubre
decisiones de alcance estructural.
En
términos analíticos, este fenómeno puede vincularse con lo que Michel Foucault
(2006) denomina “gubernamentalidad”, entendida como el conjunto de prácticas
mediante las cuales se orienta la conducta de la población. La guerra, en este
caso, no actúa únicamente como una respuesta coercitiva, sino como un marco
discursivo que organiza la experiencia social y delimita lo pensable. A través
de ella, el poder no solo se impone, sino que también se naturaliza. Por
consiguiente, la aparente contradicción entre fracaso en seguridad y éxito
político pierde su carácter paradójico. La “guerra interna” no es simplemente
una estrategia mal ejecutada, sino una forma específica de gobernar en
contextos de crisis. Comprender esta doble dimensión resulta fundamental para
analizar las transformaciones actuales del Estado ecuatoriano y las dinámicas
de dominación que se están consolidando.
El
estado de guerra como artefacto ideológico
En
continuidad con lo anterior, resulta necesario profundizar en la idea del estado
de guerra no como una condición estrictamente militar, sino como un
artefacto ideológico que estructura la acción política. En este sentido, la
guerra deja de ser un hecho puntual o una respuesta coyuntural y pasa a
convertirse en un marco interpretativo que orienta decisiones, discursos y
prácticas estatales. De ahí que su importancia no resida únicamente en el
despliegue de fuerzas, sino en su capacidad para reorganizar la forma en que se
concibe y ejerce el poder.
En
primer lugar, este dispositivo opera mediante la construcción de una narrativa
que simplifica la complejidad social. A través de ella, fenómenos diversos como
el narcotráfico, la violencia urbana y la exclusión social son reducidos a una
lógica binaria de confrontación. Así, el escenario político se redefine en
términos de “amigos” y “enemigos”, eliminando matices y cerrando espacios para
interpretaciones alternativas. Esta reducción no es inocente: permite
justificar acciones extraordinarias bajo el argumento de que la supervivencia
del Estado está en juego.
Por
otra parte, el estado de guerra introduce una forma particular de racionalidad
política basada en la urgencia. En lugar de procesos deliberativos amplios, se
privilegian decisiones rápidas, centralizadas y con escaso margen de
cuestionamiento. En este contexto, la excepcionalidad se convierte en regla, y
lo que inicialmente aparece como una medida temporal tiende a consolidarse como
práctica permanente. En consecuencia, la institucionalidad democrática se ve
tensionada, ya que los mecanismos de control y equilibrio pierden eficacia
frente a la lógica de la emergencia.
Asimismo,
este artefacto ideológico cumple una función legitimadora. Al instalar la idea
de una amenaza constante, genera condiciones favorables para la aceptación
social de medidas restrictivas. De este modo, políticas que implican
limitaciones a derechos, ampliación de facultades del Ejecutivo o intervención
de las Fuerzas Armadas en tareas internas pueden ser percibidas como necesarias
e incluso inevitables. La guerra, entonces, no solo habilita la acción estatal,
sino que también produce consenso en torno a ella.
A
lo anterior se suma un elemento clave: la capacidad del estado de guerra para
moldear subjetividades. Es decir, no se limita a transformar estructuras
institucionales, sino que incide en la manera en que los individuos perciben la
realidad. El miedo, la inseguridad y la sensación de amenaza contribuyen a
configurar ciudadanos más dispuestos a aceptar el control y la vigilancia. En
este punto, el poder no actúa únicamente desde arriba, sino que se internaliza
en la vida cotidiana.
Finalmente,
cabe señalar que este enfoque permite comprender por qué la guerra puede
mantenerse incluso sin resultados concretos en la reducción de la violencia. Su
eficacia no depende exclusivamente de logros tangibles, sino de su capacidad
para producir orden político y cohesión discursiva. En este sentido, el estado
de guerra funciona como una tecnología de gobierno que, más allá de resolver
conflictos, los reorganiza en función de una lógica de dominación.
La
antropología del Estado: poder, cultura y legitimidad
A
partir de lo anterior, es fundamental incorporar una mirada desde la
antropología del Estado para comprender cómo el poder no se sostiene únicamente
en estructuras formales, sino también en procesos simbólicos y culturales. En
efecto, el Estado no es solo un conjunto de instituciones, leyes y aparatos
coercitivos, sino también una construcción social que se reproduce mediante
discursos, prácticas y representaciones que moldean la percepción colectiva.
En
este marco, diversos autores han planteado que el poder estatal se consolida a
través de mecanismos que van más allá de la imposición directa. Tal como
señalan Corrigan y Sayer (1985), el Estado actúa como una forma de “revolución
cultural permanente”, en la medida en que produce y reproduce normas, valores y
formas de entender la realidad. De manera similar, Philip Abrams (1988)
advierte que el Estado debe analizarse no solo como una entidad material, sino
como una “idea” que adquiere legitimidad en la conciencia social. Estas
perspectivas permiten entender que la autoridad estatal no se impone únicamente
por la fuerza, sino que también se construye mediante la aceptación y
naturalización de ciertas narrativas.
En
el caso ecuatoriano, el discurso de la guerra contra el crimen organizado
cumple precisamente esta función. A través de él, se configura una
representación del Estado como garante de seguridad frente a una amenaza
constante. Esta imagen no solo refuerza su legitimidad, sino que también
redefine las expectativas ciudadanas respecto a su rol. En consecuencia, la
intervención militar, la expansión de facultades del Ejecutivo y el
endurecimiento de las políticas de seguridad se perciben como respuestas coherentes
con dicha representación. Por otro lado, este enfoque permite observar cómo el
Estado interviene en la vida cotidiana de manera más sutil. No se trata
únicamente de acciones visibles, como operativos o reformas legales, sino
también de la producción de sentidos que orientan la conducta social. En este
sentido, la narrativa de la guerra contribuye a normalizar la vigilancia, el
control y la presencia militar en espacios civiles. De este modo, prácticas que
antes podían considerarse excepcionales pasan a formar parte de la rutina social.
Asimismo,
la legitimidad del Estado se fortalece en la medida en que logra articular
estas representaciones con experiencias concretas de la población. El miedo a
la violencia, la percepción de inseguridad y la demanda de protección generan
un terreno fértil para la aceptación de medidas más restrictivas. En
consecuencia, el poder no se ejerce únicamente desde arriba, sino que se
consolida a través de una relación dinámica entre el Estado y la sociedad.
En
si la antropología del Estado permite comprender que el “estado de guerra” no
es solo una estrategia política, sino también un proceso cultural que
transforma la manera en que los ciudadanos entienden la autoridad, la seguridad
y el orden. Analizar esta dimensión resulta clave para identificar cómo se
construyen las condiciones de legitimidad que sostienen las actuales formas de
dominación en Ecuador. Por ende, la guerra como artefacto ideológico amplía el análisis y
permite identificar sus efectos más profundos. No se trata únicamente de
combatir un problema, sino de transformar el modo en que ese problema es
definido, enfrentado y utilizado políticamente.
El
régimen de ignorancia: ocultar el pasado
En
contraste con la visibilización constante del enemigo interno, el estado de
guerra también se sostiene sobre un proceso inverso pero complementario: la
producción sistemática de ignorancia. Es decir, mientras ciertos hechos se
amplifican para justificar la acción estatal, otros son deliberadamente
minimizados, distorsionados o excluidos del debate público. Este fenómeno,
conocido como “régimen de ignorancia”, resulta fundamental para comprender cómo
se construye una narrativa oficial coherente y funcional al poder.
En
este sentido, la historia del narcotráfico en Ecuador no puede entenderse
únicamente como un problema reciente ni como una amenaza externa. Sin embargo,
el discurso dominante tiende a presentar la violencia actual como un fenómeno
aislado, desvinculado de procesos políticos previos. De este modo, se omiten o
se relegan a un segundo plano episodios en los que actores estatales, élites
económicas o figuras políticas han estado involucrados, directa o
indirectamente, en dinámicas relacionadas con economías ilícitas.
Por
consiguiente, esta omisión no es casual, sino estratégica. Al invisibilizar
estas conexiones, se evita cuestionar las estructuras profundas que han
permitido la expansión del crimen organizado. Además, se desplaza la
responsabilidad hacia actores específicos generalmente criminalizados,
reforzando la idea de que el problema puede resolverse exclusivamente mediante
la represión. Así, el pasado deja de ser un elemento explicativo y se convierte
en un vacío que favorece interpretaciones simplificadas. De igual manera, este
régimen de ignorancia se manifiesta en el tratamiento de casos recientes que
involucran posibles vínculos entre política y crimen. La falta de
esclarecimiento, la fragmentación de la información y la ausencia de
investigaciones concluyentes contribuyen a generar incertidumbre. En lugar de
promover un análisis crítico, se consolida un ambiente en el que la duda y la
desinformación dificultan la construcción de una memoria colectiva sólida.
Por
otra parte, este proceso no solo implica ocultar hechos, sino también controlar
los marcos interpretativos. Es decir, incluso cuando ciertos eventos salen a la
luz, son presentados de manera que no alteren la narrativa dominante. En
consecuencia, la información disponible no necesariamente conduce a una
comprensión más profunda, sino que puede reforzar versiones oficiales que
limitan el cuestionamiento. En términos políticos, el régimen de ignorancia
cumple una función clave: protege la legitimidad del Estado en un contexto de
crisis. Al evitar que se establezcan conexiones incómodas con el pasado, se
preserva la imagen de un Estado que actúa como víctima o como defensor frente a
una amenaza externa. Esto, a su vez, facilita la aceptación de medidas
extraordinarias, ya que el problema se percibe como ajeno a las propias
estructuras estatales.
En definitiva, la construcción del estado de
guerra no solo depende de lo que se dice, sino también de lo que se calla. La
producción de ignorancia permite sostener una narrativa parcial que simplifica
la realidad y orienta la acción política en una dirección específica.
Comprender este mecanismo resulta esencial para desarrollar un análisis crítico
que vaya más allá de las versiones oficiales y permita cuestionar las bases
sobre las que se construye la actual estrategia de seguridad en Ecuador.
Influencia
internacional y doctrina de guerra
Al
examinar con mayor detenimiento el estado de guerra en Ecuador, resulta difícil
sostener que se trata de una respuesta puramente interna. Por el contrario, su
formulación, lenguaje y justificación evidencian una fuerte dependencia de
marcos conceptuales desarrollados fuera del país. En este punto, la política de
seguridad ecuatoriana aparece menos como una construcción soberana y más como
la adopción de doctrinas globales que responden a intereses geopolíticos más
amplios.
En
efecto, categorías como “guerra híbrida”, “insurgencia criminal” o
“narcoterrorismo” no emergen del análisis local, sino de espacios vinculados a
la seguridad internacional, particularmente a instituciones asociadas a la
política exterior de Estados Unidos. Estas nociones no son neutrales:
configuran una forma específica de interpretar la violencia, en la que los
problemas sociales complejos se traducen en amenazas de carácter militar. De
esta manera, se impone una lectura que privilegia la confrontación armada por
encima de otras alternativas.
Desde
esta perspectiva, la importación de estas doctrinas plantea una cuestión
crítica: ¿hasta qué punto el diagnóstico de la realidad ecuatoriana está siendo
condicionado por agendas externas? La adopción acrítica de estos enfoques
tiende a invisibilizar factores estructurales como la desigualdad, la exclusión
o la debilidad institucional, reduciendo el problema a una cuestión de
seguridad. En consecuencia, se limita el campo de acción política, ya que las
soluciones posibles quedan restringidas al ámbito militar y policial.
Aún
más problemático resulta el papel de ciertos actores locales que funcionan como
intermediarios de estas ideas. Analistas, centros de investigación y
observatorios reproducen estas categorías, dotándolas de legitimidad técnica y
académica. Sin embargo, esta aparente neutralidad encubre una alineación
ideológica que refuerza la narrativa dominante. En lugar de fomentar un debate
crítico, se consolida un consenso que presenta la militarización como una
respuesta inevitable. Cabe añadir que esta influencia no se limita al plano
discursivo. También se traduce en formas concretas de cooperación,
financiamiento y entrenamiento que vinculan a las fuerzas de seguridad
ecuatorianas con estructuras internacionales. Este tipo de acciones, lejos de
ser meramente técnicas, implican una reconfiguración del ejercicio del poder,
en la que las decisiones nacionales se subordinan, al menos parcialmente, a
intereses externos.
Desde
un ángulo reflexivo, esta situación invita a cuestionar la idea misma de
soberanía. Si las categorías con las que se define el problema y las
estrategias para enfrentarlo provienen de otros contextos, entonces la
autonomía del Estado se ve comprometida. Más aún, la implementación de estas
doctrinas puede generar efectos contraproducentes, al aplicar soluciones
diseñadas para realidades distintas.
En
definitiva, la influencia internacional en la construcción del estado de guerra
no solo aporta herramientas conceptuales, sino que también delimita el
horizonte de lo posible. Lejos de ser un apoyo desinteresado, constituye un
factor que orienta la política interna hacia una lógica de confrontación
permanente. Reconocer esta dimensión permite problematizar la aparente
inevitabilidad de la guerra y abrir espacio para alternativas que respondan de
manera más adecuada a las particularidades del contexto ecuatoriano.
El
tiempo de guerra y la aceleración política
Otro
elemento clave para comprender el estado de guerra es la transformación de la
temporalidad política. A diferencia de los contextos ordinarios, donde las
decisiones suelen atravesar procesos deliberativos más extensos, la lógica de
guerra impone un ritmo acelerado que altera profundamente la forma de gobernar.
En este escenario, la urgencia se convierte en principio rector, desplazando la
reflexión y reduciendo los espacios de debate. Bajo esta dinámica, las medidas
excepcionales dejan de percibirse como tales y pasan a integrarse en la
normalidad. La rapidez con la que se aprueban leyes, se implementan reformas o
se toman decisiones estratégicas no responde únicamente a la necesidad de
actuar con eficacia, sino también a la oportunidad de evitar resistencias. En
otras palabras, la aceleración política no solo es consecuencia de la crisis,
sino una herramienta que facilita la consolidación del poder.
Desde
una mirada crítica, este fenómeno plantea serias implicaciones para la
democracia. La reducción de los tiempos de discusión limita la participación de
distintos actores sociales y debilita los mecanismos de control institucional.
En consecuencia, el equilibrio entre poderes se ve afectado, ya que el
Ejecutivo adquiere una capacidad de acción mucho más amplia. Esta concentración
no siempre se presenta de forma explícita, sino que se justifica a partir de la
necesidad de responder con rapidez a una amenaza percibida como inminente.
De
forma paralela, el discurso de la urgencia contribuye a deslegitimar cualquier
intento de cuestionamiento. Quienes plantean dudas o críticas pueden ser
percibidos como obstáculos frente a la lucha contra el enemigo, lo que reduce
el margen para el disenso. Así, el tiempo de guerra no solo acelera decisiones,
sino que también condiciona el tipo de debate posible, favoreciendo posturas
alineadas con la narrativa oficial.
Otro
aspecto relevante es que esta aceleración permite introducir cambios que
trascienden el ámbito de la seguridad. Reformas económicas, ajustes fiscales y
transformaciones institucionales pueden implementarse en este contexto con
menor oposición social. La lógica es clara: en un momento de crisis, la
prioridad se desplaza hacia la estabilidad inmediata, dejando en segundo plano
la evaluación de los efectos a largo plazo. De este modo, decisiones
estructurales quedan amparadas bajo el paraguas de la emergencia.
Conviene
subrayar que esta temporalidad no es necesariamente transitoria. Aunque se
presenta como una respuesta a una situación excepcional, tiende a prolongarse
en el tiempo, generando una especie de estado de urgencia permanente. Esta
continuidad refuerza la idea de que la crisis nunca termina, lo que a su vez
justifica la persistencia de medidas extraordinarias. El tiempo de guerra no
solo modifica la velocidad de la política, sino también su naturaleza. La
aceleración, lejos de ser un efecto secundario, se convierte en un mecanismo
que reconfigura las relaciones de poder, limita la deliberación democrática y
amplía las capacidades del Estado. Analizar esta dimensión resulta esencial
para entender cómo la guerra, más allá de su dimensión militar, actúa como una
forma de gobernar.
Reconfiguración
del poder y modelo neoextractivista
Más
allá del ámbito estrictamente securitario, el estado de guerra en Ecuador
revela una dimensión menos evidente pero profundamente estructural: su
articulación con un modelo económico basado en la intensificación del
extractivismo. En este sentido, la militarización no puede entenderse de forma
aislada, sino como parte de una reconfiguración más amplia del poder que
favorece determinados intereses económicos. La guerra, entonces, no solo
combate la violencia, sino que también crea las condiciones políticas
necesarias para la implementación de una agenda económica específica.
Desde
esta óptica, resulta problemático que decisiones relacionadas con sectores
estratégicos como la minería y el petróleo se desarrollen en un contexto de
excepcionalidad. La reapertura de proyectos extractivos, la atracción de
inversión extranjera y la flexibilización de regulaciones ocurren en un momento
en el que la atención pública está centrada en la crisis de seguridad. Esto no
es menor: la urgencia generada por la guerra desplaza el debate sobre las
implicaciones sociales, ambientales y territoriales de estas políticas.
A
diferencia de otros periodos, donde este tipo de medidas enfrentaba mayores
niveles de resistencia, el contexto actual reduce significativamente la
capacidad de oposición. Comunidades afectadas, organizaciones sociales y
actores críticos ven limitado su margen de acción en un entorno donde la
protesta puede ser fácilmente estigmatizada o asociada con desestabilización.
De este modo, la narrativa de la seguridad funciona como un mecanismo de
contención política que neutraliza posibles conflictos. Conviene señalar que
este proceso no implica únicamente la continuidad del extractivismo, sino su
profundización bajo nuevas condiciones. El término “neoextractivismo” permite
dar cuenta de esta transformación: no se trata solo de explotar recursos naturales,
sino de hacerlo en un marco donde el Estado actúa como facilitador de grandes
inversiones, priorizando la rentabilidad sobre otras consideraciones. En este
esquema, la guerra contribuye a garantizar un entorno de control territorial y
social que resulta funcional a estos proyectos.
Desde
una perspectiva crítica, esto plantea una tensión fundamental. Mientras el
discurso oficial enfatiza la defensa del Estado frente a amenazas internas, en
la práctica se consolidan dinámicas que pueden generar nuevas formas de
conflicto, especialmente en territorios donde se desarrollan actividades
extractivas. Así, la violencia no desaparece, sino que se reconfigura,
desplazándose hacia otros espacios y actores. Asimismo, esta relación entre
guerra y economía cuestiona la idea de que las políticas de seguridad son
neutrales. Por el contrario, evidencia que están atravesadas por intereses y
prioridades que no siempre se explicitan. La protección de ciertas actividades
económicas, la apertura a capitales internacionales y la reconfiguración del
territorio forman parte de un mismo entramado en el que el estado de guerra
desempeña un papel central.
En definitiva, analizar esta dimensión permite comprender que la guerra no solo responde a una crisis, sino que también produce oportunidades políticas y económicas. Lejos de ser un fenómeno aislado, se integra en una lógica más amplia de reorganización del poder que redefine las relaciones entre Estado, mercado y sociedad. Esta lectura invita a cuestionar no solo la eficacia de la estrategia de seguridad, sino también los intereses que se consolidan a través de ella.
El
ethos militar y la transformación social
Un
aspecto particularmente inquietante del estado de guerra es su capacidad para
transformar no solo las estructuras políticas, sino también los valores y
comportamientos que organizan la vida social. En este contexto, emerge lo que
puede denominarse un ethos militar, es decir, una forma de entender el
orden, la autoridad y la convivencia basada en principios propios del ámbito
castrense. Este proceso no ocurre de manera abrupta, sino que se instala
progresivamente a través de discursos, prácticas y percepciones que
reconfiguran la cotidianidad.
En
lugar de concebir la seguridad como un derecho vinculado a garantías y
libertades, se la redefine como un problema que exige disciplina, obediencia y
control. Bajo esta lógica, la figura del ciudadano tiende a desplazarse hacia
la de un sujeto que debe alinearse con las directrices del Estado para no ser
percibido como sospechoso. Esta transformación resulta problemática, ya que
reduce la complejidad de la vida social a una lógica binaria donde predomina la
distinción entre “leales” y “amenazantes”.
Desde
otra perspectiva, este ethos también impacta en la forma en que se legitima la
violencia. Acciones que en otros contextos generarían rechazo como el uso
excesivo de la fuerza, las detenciones arbitrarias o los abusos de autoridad pueden
ser toleradas o incluso justificadas en nombre de la seguridad. De este modo,
se produce una normalización de prácticas que erosionan derechos fundamentales,
al tiempo que se refuerza la idea de que el fin justifica los medios.
No
menos relevante es el efecto que esto tiene sobre las instituciones. La
creciente centralidad de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interna
altera el equilibrio tradicional entre lo civil y lo militar. Esta
reconfiguración no solo amplía el campo de acción de los aparatos coercitivos,
sino que también desplaza a otras instituciones que, en teoría, deberían
desempeñar un papel clave en la gestión de conflictos sociales. En
consecuencia, la resolución de problemas tiende a militarizarse, dejando de
lado enfoques preventivos o integrales.
Por
añadidura, el ethos militar influye en la manera en que se percibe la
disidencia. Las voces críticas, lejos de ser entendidas como parte del debate
democrático, pueden ser interpretadas como amenazas al orden. Esta tendencia
limita el pluralismo y debilita la capacidad de la sociedad para cuestionar las
decisiones del poder. Así, la homogeneización del discurso público se convierte
en otro efecto indirecto de la lógica de guerra. Cabe preguntarse, entonces,
hasta qué punto esta transformación es reversible. La internalización de
valores asociados a la disciplina y al control no desaparece fácilmente,
incluso si las condiciones que dieron origen al estado de guerra cambian. Por
ello, el impacto del ethos militar trasciende el momento coyuntural y puede
dejar huellas duraderas en la cultura política. El estado de guerra no solo
redefine estrategias de seguridad, sino que también reconfigura la forma en que
la sociedad se relaciona con el poder, la autoridad y la violencia. Este
desplazamiento hacia una lógica militarizada plantea desafíos profundos para la
democracia, en la medida en que modifica las bases mismas sobre las que se
construye la convivencia social.
En
conclusión, el análisis del estado de guerra en Ecuador permite concluir que no
se trata únicamente de una estrategia de seguridad, sino de un mecanismo de
reorganización del poder en múltiples niveles. A lo largo del proceso, se
evidencia cómo este enfoque no solo enfrenta la violencia, sino que también
construye enemigos, oculta responsabilidades históricas, adopta doctrinas
externas y facilita decisiones políticas y económicas bajo un contexto de
urgencia. En consecuencia, la guerra funciona más como una herramienta de
gobierno que como una solución estructural. Desde una mirada crítica, este
modelo resulta problemático porque reduce la complejidad del fenómeno de la
violencia a una lógica de confrontación. Al hacerlo, deja de lado factores
estructurales como la desigualdad, la exclusión social y la debilidad institucional.
Esto implica que, lejos de resolver el problema, se corre el riesgo de
reproducirlo bajo nuevas formas. Además, la consolidación de un estado de
excepcionalidad permanente ha debilitado principios democráticos, limitando el
debate público y ampliando el poder del Ejecutivo.
En
el contexto actual, Ecuador refleja claramente estas tensiones. La violencia
persiste, lo que cuestiona la efectividad de la estrategia, mientras que el
poder político se fortalece en medio de reformas y decisiones aceleradas. A
esto se suma una sociedad marcada por el miedo y la incertidumbre, donde la
seguridad se prioriza incluso a costa de derechos. En definitiva, la guerra se
ha convertido en una forma de gobernar. Su principal límite radica en que no
resuelve las causas del problema, lo que hace urgente repensar alternativas más
integrales y democráticas.

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